Es ese bodegón que te hace sentir en casa, pero con la ventaja de que no cocinás vos. Funciona dentro del Club Bristol —un club de barrio con historia— y tiene toda la mística: mozos buena onda, porciones abundantes, panera con quesito de entrada y platos clásicos bien hechos.
Te podés clavar unos buñuelos de acelga gloriosos, una provoleta que te abraza, milanesas tamaño plato volador o unos sorrentinos que no fallan. Todo rico, sin pretensiones y a precios más que amables. Ideal para ir con hambre, con amigxs o con ganas de reencontrarte con el placer de lo simple.
Un secreto bien guardado en Parque Patricios.