De golpe estás en otro mundo: mozos veteranos, manteles de papel y platos que no escatiman en nada.
Es bodegón de manual, de esos donde la milanesa te tapa la guarnición y el pastel de papas te abraza como la abuela. Las porciones son generosas, los precios bastante razonables para el centro y la atención es tan rápida como amable (raro en Microcentro, ¿no?).
Ideal para almorzar entre semana, cortar la rutina con sabor casero y salir rodando feliz. Siempre lleno, siempre con buena energía. No esperes lujos, pero sí contundencia y sabor.
La Pipeta es como un abrazo de comida en el corazón de la ciudad. Bajá las escaleras sin miedo: hay felicidad al fondo.